
Cuatro cosas tiene el hombre,
que no sirven en la mar:
ancla, gobernalle, remos
y miedo a naufragar.
Antonio Machado: Proverbios y cantares. Poema 47
Se sabe que el juego del ajedrez es originario de la India. Fue transmitido al occidente medieval por medio de los persas y los árabes, como lo atestigua, entre otras cosas, la expresión de «jaque mate» (en alemán: Schachmatt, en francés échec et mat), que deriva del persa shâh: «rey» y del árebe mât: «ha muerto».En la época del renacimiento se cambiaron algunas reglas: la «reina» y los «alfiles» recibieron mayor movilidad; desde entonces el juego adquirió un carácter más abstracto y matemático; se alejó de su modelo concreto, la estrategia, sin perder, no obstante, los rasgos esenciales de su simbolismo. El antiguo modelo estratégico sigue siendo evidente en la posición inicial de las figuras; en ella se reconocen los dos ejércitos colocados según el orden de batalla usado en el Oriente antiguo, la tropa ligera, representada por los peones, forma la primera línea; el grueso del ejército lo constituye la tropa pesada, carros de guerra («torres»), caballeros («caballos») y elefantes de combate («alfiles»); el «rey» con su «dama» o «consejero» permanecen en el centro de las tropas.
La forma del tablero corresponde al tipo «clásico» del Vástumandala, el diagrama que también constituye el trazado fundamental de un templo o ciudad. Dicho diagrama simboliza la existencia concebida como «campo de acción» de las fuerzas divinas. En su significado más universal, el combate figurado por el juego de ajedrez representa, por consiguiente, el de los devas con los asúras, los «dioses» con los «titanes», o los «ángeles» con los «demonios», derivándose de éste los demás significados del juego.
(…) El simbolismo cíclico del tablero de ajedrez reside en el hecho de que expresa el despliegue del espacio según el cuaternario y el octonario de las direcciones principales (4x4x4 = 8x8), y que sintetiza, en forma “cristalina”,, los dos grandes ciclos complementarios del sol y de la luna: el duodenario del zodiaco y las 28 mansiones lunares. Cada fase de un ciclo, fijada en el esquema de 8x8 cuadrados, está regida por un astro y simboliza al mismo tiempo un aspecto divino, personificado por un deva. Así es como este mandala simboliza a la vez el cosmos visible, el mundo del Espíritu y la Divinidad en sus múltiples aspectos. Al-Mas’ûdî tiene razón, pues, al decir que los indios explican «por cálculos» basados en el tablero «la marcha del tiempo y los ciclos, las influencias superiores que se ejercen sobre este mundo, y los lazos que las vinculan al alma humana…»
Titus Burckardt: Símbolos