lunes, 9 de marzo de 2009

Ludovico Ariosto
















Un fructífero riachuelo, alimentado por un manantial límpido,
Envuelve, a su alrededor, ese espacio fértil.
La tierra de Venus, la verdad sea dicha
Lugar efímero de alegría y de encanto:
Para cada doncella y esposa, que allí se engendra,
Es a lo largo y ancho del mundo, inigualada en gracia:
Y Venus desea, que hasta que tañan sus últimas horas,
El Amor caldee sus pechos, jóvenes y viejos.

Ludovico Ariosto: Orlando Furioso (fragmento)

1 comentario:

estherpino dijo...

No hay mejor deseo, que el amor caldee nuestros pechos mientras tengamos vida.
Seguro que, sin saberlo, fui engendrada en ese maravilloso lugar.
Un abrazo.