Y vi un cielo nuevo y tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra y el mar ya no existía. Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente, salida del trono, que decía:
-Esta es la tienda de campaña que Dios ha montado entre los seres humanos. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido.
Y dijo el que estaba sentado en el trono:
-He aquí que hago nuevas todas las cosas. Y añadió:
-Escribe que estas palabras son verdaderas y dignas de crédito.
Me dijo finalmente:
-¡Ya está hecho! Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, le daré a beber gratis de la fuente del agua de la vida. El vencedor recibirá esta herencia, pues yo seré su Dios y él será mi hijo.
El concepto que tenemos de las personas y nuestros sentimientos sobre la naturaleza humana influyen profundamente en nuestras experiencias eróticas. Si en el fondo de nuestros corazones consideramos al ser humano esencialmente como un monstruo o un objeto, nuestras relaciones íntimas serán gravemente limitadas y deformadas, no importa cuánto sepamos sobre el sexo. (…) En mi opinión el encuentro erótico es extático en el sentido que el diccionario da a la palabra. Me saca de mi postura cómoda, de mi estasis; me permite la libertad singular de arrancar todas mis máscaras, de destruir todas las fachadas que suelo presentar ante el mundo, de existir por un rato en un estado puro en el que no hay expectativas ni juicios previos. En el mejor de los casos, el acto de amor es una revelación. Las máscaras de las apariencias y de la costumbre se arrancan una a una… Mi libertad se basa justamente en la entrega y en abandonar esa personalidad que me he creado a pulso, esa imagen de lo que soy en el mundo y de lo que debo ser: mi ego. Y es en este estado de entrega, renunciando a todo esfuerzo, que puedo realizar todo mi potencial erótico. Pues ahora estoy dispuesto a perder todo sin encontrar nada. En estas circunstancias resultan inútiles todas las cosas que me han servido de apoyo en el mundo ordinario. Hasta las diferencias de género desaparecen en el clímax rítmico de nuestra unión. No soy un hombre, mi amor no es una mujer: somos uno, una entidad. A través del tumulto del amor hemos llegado a la tranquilidad resplandeciente, el centro de la danza. En este punto nos enfrentamos a un camino que está más allá de la elección consciente, predispuestos por la confianza, el compromiso y la pasión: un viaje más allá del tiempo y del espacio y la entrada a la oscuridad sublime. Ciego y mudo a todo lo que me rodea, todo mi ser está conectado a mi amor y, por medio de él, a toda la existencia. Lo que estaba velado se revela, lo que estaba oculto se descubre: bajo todas las apariencias, más allá de las distinciones habituales, hay una identidad más profunda que no lleva máscaras. En la oscuridad brilla un rayo de luz, un destello que ilumina. En el amor encontramos cualquier cosa y todas las cosas, «todo» y «nada».
George Leonard: El fin del sexo. El amor erótico tras la revolución sexual